domingo, 8 de septiembre de 2019

Ausencia de Dios, Mario Benedetti


Digamos que te alejas definitivamente
Hacia el pozo del olvido que prefieres,
Pero la mejor parte de tu espacio,
En realidad la única constante de tu espacio,
Quedará para siempre en mí, doliente,
Persuadida, frustrada, silenciosa,
Quedará en mi corazón inerte y sustancial,
Tu corazón de una promesa única
En mí que estoy eternamente solo
Sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz,
Pacientemente agro, de invencible ternura,
Ya no importa que use tu insoportable ausencia
Ni que me atreva a preguntar si cabes
Como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
Que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
De mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora que miedo inútil, que vergüenza
No tener oración para morder,
No tener fe para clavar las uñas
No tener nada más que la noche,
Saber que Dios se muere, se resbala,
Que Dios retrocede con los brazos cerrados,
Con los labios cerrados, con la niebla,
Que como un campanario atrozmente en ruinas
Que desandará siglos de ceniza.

Es tarde. Sin embargo yo daría
Todos los juramentos y las lluvias,
Las paredes con insultos y mimos,
Las ventanas de invierno, el mar a veces,
Por no tener tu corazón en mí,
Tu corazón inevitable y doloroso
En mí que estoy eternamente solo
Sobreviviéndote.



Una taza fría de café

Hay una taza de café
Que se enfría sobre la mesa,
Hay un hombre que busca un verso,
Que un día tomo una maleta
Y la lleno de recuerdos.

Hay una taza de café
Que se enfría sobre la mesa
Y la mirada de un hombre
Que vaga perdida,
Que sigue caminos que no va a pisar,
         Pero que dejan huella.
Hay un hombre hablándole a su perro,
Y por momentos en mi pecho
El vacío se conmueve
Hay un café congelado,
Hay un hombre que invento un beso,
Y en su libreta los versos
se llenaron de ojalas.


P. Sáenz

sábado, 7 de septiembre de 2019

Otra vez tu


Ahora que el invierno eterno ha terminado y que diciembre se acerca,
Ahora que agosto no llueve en sus ojos,
Que los miedos parpadean con las estrellas,
Que el valor para quererse brilla más que ellas,
Ahora que el amor se asoma tras la ventana de la puerta en un café
Y el cuerpo y el alma se unen con el cálido empujón de un abrazo,
Ahora que en su regazo la vida gana sentido.
Ahora que aquello despierta para entrar en un sueño,
dulce sueño que se levanta de la misma cama
ahora que paciente espera
y sus esperas sin prisa se marchan
Ahora que marco el paso amanezco en su sonrisa,
Si es de su mano, no anochece en mi mirada.
No, no hay tiempo perdido,
No hay espacios en blanco,
No hay silencios totalmente mudos,
Pues es cuando callas cuando más te escucho.
Ahora que diciembre se acerca
Sé que el corazón no pasará frió.
Sé que estaré yo, y una taza de té,
sé que estarán sus abrazos, y que estarás tú.

Otra vez tú.


P. Sáenz

La soledad del hombre

Pensaba en la soledad del hombre,
en su intento fallido por expresar universos con lenguajes mortales. Pensaba en la soledad del mundo al ver que al diccionario le faltan palabras,
a la vida le falta tiempo, a las voces les falta el silencio.
Que entre los amigos somos anónimos.
Pensaba en la soledad del hombre que miro a la luna y descubrió la belleza, y me pregunto si esa belleza se combino con la soledad, y crecieron en su pecho y poco a poco estallaron y de esa explocion nacio el arte, y de la desesperación por su obra incompleta corrió a contarlo, pero no había lenguaje que bastara, no había tampoco espectadores, nunca los hubo, y al darse cuenta, desolado se inventó un amigo. Y lo llamo dios. Y nadie nunca lo vio.
Pensaba en la soledad del hombre que mira a la luna desmoronarse, a la belleza inestable y cambiante,  y en su confusión invento al destino para tener a quien culpar cuando le faltan respuestas. Cuando tiene miedo.
Pensaba en la soledad del hombre que carga en su valija falsos amigos y falsos amantes que amenazan con irse sabiendo que ante la soledad de la mente, una bomba tiene menos poder que el desdén, sabiendo que si el amor hubiésemos sembrado, el adiós sería un suave viento, una brisa de cascada que se lleva esa soledad forzada de estar acompañados.


P. Sáenz