domingo, 24 de febrero de 2019

San Francisco y yo

Ha sido invierno desde el verano pasado en el que llegue, 
reflejos del alma supongo.
Las hojas del otoño me sepultaron en marzo, 
y yo no he parado de temblar. 
Camino por las calles en que habitan las casas 
y los edificios que se visten de pasado,
se disfrazan de una época en la que un hombre sin ser dios, 
invento una navidad.
No me bastan mas que las palabras, 
una dosis de locura, soledad y un poco de té. 
Oh mis domingos de té, 
donde una barista en cliché pregunta 
si me sirve lo mismo que la otra vez.
Es cierto que a mi paso voy inventando el mundo. 
Dime ¿Cómo sabre que es real? 
Tal vez solo distingo lo que he aprendido, lo que siento. 
Veo una sonrisa amable; y la tristeza que no se esfuerza, 
veo los ojos detrás de un disfraz y unas cuantas mascaras que no reconozco.
En esta ciudad en la que puedes ser quien quieras,
elegimos ser quien no somos.
¿Cómo puedo saber lo que es real? 
¿Quién soy? 
¿quien es ese extraño que me sonríe? 
¿soy acaso lo que tu ves o soy lo que yo veo? 
¿somos un espejismo de sabidurías antiguas? 
¿de reglas impuestas en tiempos en que ni siquiera existíamos?
Vagando en estaciones van mis pies sin prisa, 
saltando de septiembre a jueves, 
de California al ingles.
Me aleje quedando en el olvido de cientos, 
y en ese destierro he plantado un jardín. 
Puse ahí una linda banquita, 
pero suelo sentarme ahí, en el piso, 
justo al lado de las margaritas que despiden con rocío en sus pétalos 
la gerbera que yace difunta entre paginas de papel.
Hoy me he tropezado con mi optimismo, 
dame la mano y no me sueltes, le digo. 
Hoy el amor no es alguien, 
hoy el amor lo es todo.
Pintar una sonrisa no es nada fácil, 
se desgasta el carboncillo, 
se desgastan las razones, 
pintar una sonrisa no es nada fácil, 
y aun así, 
nos encanta moverle la mano al artista. 



P. Sáenz

sábado, 16 de febrero de 2019

A todos los que me han llamado fea.

A todos los que me han llamado fea.

Estoy aquí, justo frente a mi espejo, la luz amarilla me cubre la piel, a veces me miro y me sonrió, y otras veces no quiero ni verme, y me doy cuenta que al final, al parecer, soy la última en conocerme.
Tengo un disfraz, uno que no puedo quitarme. Soy la persona de la que menos cuenta el veredicto, expuse mi piel como paginas abiertas, he escrito versos en ellas, canciones de amor y de odio. He dejado que otros profanen en esas páginas. Pero… ¿Quién es el profanador aquí? Tú, que me dices quien soy, o yo que tomo nota.

Gorda, flaca, fea, rara. Tallan cicatrices en una arcilla desgastada. Cincel extranjero, nómadas que vienen de paso y dejan marcas, no huellas. Manos ignorantes que en su carencia de ternura se extinguen, y yo, que en mi cobardía me dejo extinguir.

Pero tus ojos solo saben mirar los espacios oscuros del cielo nocturno, yo debería saber que aun esos espacios tienen magia, pero tus ojos, amigo, tus ojos no alcanzan a ver más allá. Ciérralos. Ciérralos para que encuentres ahí tus parpados. Parpados. ¿Es acaso eso todo lo que tú eres?

Cierro yo mis ojos que se convierten de pronto en tus ojos. Y cerrados… oscuridad es todo lo que encuentro. Pero soy yo. Humana, mujer, perfecta en la perfección que yo misma he inventado. Porque hay algo más allá de lo que tus ojos alcanzan a ver, y más allá de lo que mis ojos alcanzan a ver. Cerrados o abiertos, ¡mirad! Que con mis ojos cerrados las tinieblas han comenzado a brillar.
Hoy cierro el libro.


P. Sáenz

Ella era asi

Le gustaba dormir sola,
Y cada día antes del amanecer se marchaba.
Se vestía frente a mi cama,
Justo donde le había quitado los miedos.
Le miraba sus ojos de miel
Que sobre mí se vaciaban, se derretían,
Como los soles del atardecer
Que se esconden tras las montañas de una piel morena; besándole.
Besándole con los labios,
Besándole con los ojos,
Besándole con el cuerpo,
Besándole con el alma.
Si hoy le ves vagando lejos de mí,
Mírala como ella mira; en verbos.
En sus ojos lleva la sensación del color de un nosotros,
Sus pies la sienten cuando pisa la arena de las playas frías de San Francisco,
En los cables que atraviesan el cielo,
En el eterno invierno de verano,
Y el olor de la noche.
Mírala desde el alma, como ella una vez me miro,
en sus ojos ya no amanece,
Se quedaron atardeciendo en nuestra cama,
Mírala y en donde la veas; ella no estará.
Viste un lunar sobre su boca,
Viste de azul y parece que flota
Pero en su armario ha perdido la sonrisa.
Ella sabe cómo mirar, porque no mira,
Ella sabe como buscar porque no pierde ningún detalle,
No en sus ojos,
No en su cuerpo,
No en sus labios.
Y hoy, hoy el viento me ha devuelto sus caricias,
Ha murmurado que el tiempo ha borrado mis besos,
Pero nunca lo han hecho otros labios.

Le gustaba dormir sola,
Y cada noche se acuesta soñando que duerme con él.


P. Sáenz

Sigues ahi

Estas en mis poemas, te tropiezas en cada palabra que escribo,
De tus labios sale la tinta con la que salpica mi pluma el papel,
Mis manos se mueven al escribir como se movían sobre tu cuerpo,
Desesperadas, con miedo a perder detalle.
Te encuentro en poemas de otros poetas,
En canciones de otros trovadores,
en lo que odio, en lo que amo,
en mis ojos que han dejado de mirarte,
en mis pies cuando ya no te siguen.
Te encuentro en cada obra de arte que se pinta en el cielo antes del anochecer,
Te encuentro en la luna que veo incompleta
Tu sigues ahí. Aunque no estés. Aunque no vuelvas.


P. Sáenz