Ha sido invierno desde el verano pasado en el que llegue,
reflejos del alma supongo.
Las hojas del otoño me sepultaron en marzo,
y yo no he parado de temblar.
Camino por las calles en que habitan las casas
y los edificios que se visten de pasado,
se disfrazan de una época en la que un hombre sin ser dios,
invento una navidad.
No me bastan mas que las palabras,
una dosis de locura, soledad y un poco de té.
Oh mis domingos de té,
donde una barista en cliché pregunta
si me sirve lo mismo que la otra vez.
Es cierto que a mi paso voy inventando el mundo.
Dime ¿Cómo sabre que es real?
Tal vez solo distingo lo que he aprendido, lo que siento.
Veo una sonrisa amable; y la tristeza que no se esfuerza,
veo los ojos detrás de un disfraz y unas cuantas mascaras que no reconozco.
En esta ciudad en la que puedes ser quien quieras,
elegimos ser quien no somos.
¿Cómo puedo saber lo que es real?
¿Quién soy?
¿quien es ese extraño que me sonríe?
¿soy acaso lo que tu ves o soy lo que yo veo?
¿somos un espejismo de sabidurías antiguas?
¿de reglas impuestas en tiempos en que ni siquiera existíamos?
Vagando en estaciones van mis pies sin prisa,
saltando de septiembre a jueves,
de California al ingles.
Me aleje quedando en el olvido de cientos,
y en ese destierro he plantado un jardín.
Puse ahí una linda banquita,
pero suelo sentarme ahí, en el piso,
justo al lado de las margaritas que despiden con rocío en sus pétalos
la gerbera que yace difunta entre paginas de papel.
Hoy me he tropezado con mi optimismo,
dame la mano y no me sueltes, le digo.
Hoy el amor no es alguien,
hoy el amor lo es todo.
Pintar una sonrisa no es nada fácil, se desgasta el carboncillo,
se desgastan las razones,
pintar una sonrisa no es nada fácil,
y aun así,
nos encanta moverle la mano al artista.
P. Sáenz