Le gustaba dormir sola,
Y cada día antes del amanecer se marchaba.
Se vestía frente a mi cama,
Justo donde le había quitado los miedos.
Le miraba sus ojos de miel
Que sobre mí se vaciaban, se derretían,
Como los soles del atardecer
Que se esconden tras las montañas de una piel morena; besándole.
Besándole con los labios,
Besándole con los ojos,
Besándole con el cuerpo,
Besándole con el alma.
Si hoy le ves vagando lejos de mí,
Mírala como ella mira; en verbos.
En sus ojos lleva la sensación del color de un nosotros,
Sus pies la sienten cuando pisa la arena de las playas frías de San Francisco,
En los cables que atraviesan el cielo,
En el eterno invierno de verano,
Y el olor de la noche.
Mírala desde el alma, como ella una vez me miro,
en sus ojos ya no amanece,
Se quedaron atardeciendo en nuestra cama,
Mírala y en donde la veas; ella no estará.
Viste un lunar sobre su boca,
Viste de azul y parece que flota
Pero en su armario ha perdido la sonrisa.
Ella sabe cómo mirar, porque no mira,
Ella sabe como buscar porque no pierde ningún detalle,
No en sus ojos,
No en su cuerpo,
No en sus labios.
Y hoy, hoy el viento me ha devuelto sus caricias,
Ha murmurado que el tiempo ha borrado mis besos,
Pero nunca lo han hecho otros labios.
Le gustaba dormir sola,
Y cada noche se acuesta soñando que duerme con él.
P. Sáenz
P. Sáenz
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