A todos los que me han llamado fea.
Estoy aquí, justo frente a mi espejo, la luz amarilla me cubre la piel, a veces me miro y me sonrió, y otras veces no quiero ni verme, y me doy cuenta que al final, al parecer, soy la última en conocerme.
Tengo un disfraz, uno que no puedo quitarme. Soy la persona de la que menos cuenta el veredicto, expuse mi piel como paginas abiertas, he escrito versos en ellas, canciones de amor y de odio. He dejado que otros profanen en esas páginas. Pero… ¿Quién es el profanador aquí? Tú, que me dices quien soy, o yo que tomo nota.
Gorda, flaca, fea, rara. Tallan cicatrices en una arcilla desgastada. Cincel extranjero, nómadas que vienen de paso y dejan marcas, no huellas. Manos ignorantes que en su carencia de ternura se extinguen, y yo, que en mi cobardía me dejo extinguir.
Pero tus ojos solo saben mirar los espacios oscuros del cielo nocturno, yo debería saber que aun esos espacios tienen magia, pero tus ojos, amigo, tus ojos no alcanzan a ver más allá. Ciérralos. Ciérralos para que encuentres ahí tus parpados. Parpados. ¿Es acaso eso todo lo que tú eres?
Cierro yo mis ojos que se convierten de pronto en tus ojos. Y cerrados… oscuridad es todo lo que encuentro. Pero soy yo. Humana, mujer, perfecta en la perfección que yo misma he inventado. Porque hay algo más allá de lo que tus ojos alcanzan a ver, y más allá de lo que mis ojos alcanzan a ver. Cerrados o abiertos, ¡mirad! Que con mis ojos cerrados las tinieblas han comenzado a brillar.
Cierro yo mis ojos que se convierten de pronto en tus ojos. Y cerrados… oscuridad es todo lo que encuentro. Pero soy yo. Humana, mujer, perfecta en la perfección que yo misma he inventado. Porque hay algo más allá de lo que tus ojos alcanzan a ver, y más allá de lo que mis ojos alcanzan a ver. Cerrados o abiertos, ¡mirad! Que con mis ojos cerrados las tinieblas han comenzado a brillar.
Hoy cierro el libro.
P. Sáenz
P. Sáenz
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